Tengo 35 años y últimamente me siento vacío.
Es una sensación extraña porque, objetivamente, muchas cosas van bien. Tengo un trabajo estable, experiencia y una carrera profesional de la que me siento orgulloso. Tengo una vida que hace diez años habría firmado sin pensarlo demasiado. Y, sin embargo, llevo meses con la sensación de que algo se ha apagado.
No de golpe. No por un acontecimiento concreto. Más bien como una vela que pierde intensidad poco a poco, hasta que un día te das cuenta de que apenas queda llama.
Vivir persiguiendo la siguiente dosis
Durante gran parte de mi vida profesional viví enganchado a la siguiente experiencia. Al siguiente reto, al siguiente proyecto, al siguiente salto, al siguiente aprendizaje. Cuando una etapa empezaba a resultarme cómoda, buscaba otra cosa: más responsabilidad, más impacto, más crecimiento, más incertidumbre.
No era una cuestión de dinero. Era una cuestión de movimiento. Necesitaba sentir que avanzaba, que estaba construyendo algo.
Mirando atrás, mi carrera ha sido una montaña rusa emocional. Momentos de euforia cuando aprendía algo nuevo. Momentos de vértigo cuando asumía responsabilidades para las que todavía no me sentía preparado. Momentos de agotamiento, de orgullo, momentos en los que sentía que podía comerme el mundo.
Y creo que durante mucho tiempo confundí esa sensación con la felicidad. Porque crecer genera adrenalina. Aprender genera adrenalina. Cambiar genera adrenalina. Y llega un punto en el que te acostumbras a vivir persiguiendo esa siguiente dosis. Hasta que un día ya no está.
La cara incómoda de la estabilidad
Hoy trabajo en un sitio donde estoy bien. No me explotan, no vivo pendiente del móvil, no trabajo hasta las tantas, no cargo sobre mis hombros la responsabilidad emocional de equipos enteros. Después de haber pasado por posiciones de liderazgo, sé perfectamente lo que significa vivir con problemas ajenos ocupando espacio en tu cabeza incluso cuando termina la jornada. No echo de menos eso.
De hecho, creo que parte de mi agotamiento viene precisamente de ahí. De haber corrido demasiado tiempo. De haber querido ser siempre la mejor versión profesional posible. De haber vivido durante años con la sensación de que siempre había algo más que alcanzar.
Ahora estoy estable. Y quizá ese sea precisamente el problema, porque la estabilidad tiene una cara de la que se habla poco: cuando dejas de correr, empiezas a escuchar el ruido que llevabas años tapando.
Y el mío me dice que ya no disfruto del trabajo como antes. No porque sea peor, no porque haya elegido mal. Simplemente porque ya no siento la misma conexión. El proyecto paga mis facturas, el equipo funciona, la empresa cumple. Pero nada de eso consigue despertarme por dentro.
Y entonces apareció la inteligencia artificial
No como una amenaza. No como un enemigo. No como algo contra lo que quiera luchar. Todo lo contrario: la uso cada día, me parece fascinante y probablemente sea la revolución tecnológica más importante que he vivido.
Pero también ha puesto palabras a una sensación que llevaba tiempo sintiendo. Me di cuenta de que gran parte de las cosas que me gustaban de este oficio estaban en el proceso. No en el resultado. En el proceso.
Me gustaba investigar. Me gustaba equivocarme. Me gustaba pasar horas intentando entender algo. Me gustaba construir, pelearme con los problemas, llegar a una solución después de recorrer un camino largo.
Y de repente vivimos en un mundo donde cada vez más partes de ese camino desaparecen. Llegamos antes, producimos más, entregamos más rápido, somos más eficientes. Pero a veces me pregunto si estamos sacrificando algo por el camino.
Resultados frente a significado
Las empresas necesitan resultados. Y tiene sentido. Pero las personas necesitamos significado. No es lo mismo. Nunca ha sido lo mismo.
La IA está optimizando el trabajo. Pero yo no estoy seguro de que optimizar el trabajo sea lo mismo que disfrutarlo. Y ahí es donde aparece la contradicción que no consigo resolver.
Quiero utilizar estas herramientas. Quiero evolucionar, adaptarme, seguir siendo relevante. Pero al mismo tiempo siento que algunas de las partes que más disfrutaba de mi profesión se están volviendo opcionales.
Y quizá por eso me siento vacío. No porque el trabajo haya empeorado. No porque la tecnología haya empeorado. Sino porque echo de menos a la persona que era cuando todavía me emocionaba construir.
Un duelo silencioso
Quizá esto sea hacerse mayor. Quizá sea agotamiento acumulado. Quizá sea una crisis profesional. O quizá simplemente estoy atravesando el duelo de aceptar que la relación que tenía con mi oficio ya no es la misma. No lo sé.
Lo único que sé es que echo de menos aquella versión de mí que abría el portátil por curiosidad. No por productividad, no por eficiencia, no para entregar más rápido. Simplemente por el placer de crear.
Y sospecho que esa pérdida duele mucho más de lo que estamos dispuestos a reconocer.